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Me llamo Lola y soy, igual que el protagonista de aquella novela de Rabih Alameddine, contadora de historias...

martes, 2 de octubre de 2012

9. De Titus B. y la perfección adánica

Titus B.
El pequeño Titus B. 

A lo mejor te preguntas que quién me cuenta todo esto que aquí te escribo, y que tú lees. Es verdad, nunca te lo he dicho, pero es que no es uno, o una: a ver, sí es uno, pero no siempre es el mismo, sino uno distinto a cada tramo que abordamos de la Historia. El que está ahora a mi lado, el que tanto sabe de alquimia y me lo chiva todo y me mete prisa para que te siga contando se llama Titus B.

       Siempre va escribiendo en un libro al compás que habla y anda.

Es un duendecillo. Uno de esos muy traviesos a los que les gusta corretear por entre los pasos de los viajeros cansados y chillarles al pie de las orejas, sabes cuáles te digo, ¿no? Pues de esos, de esos que además está llenito Brocelianda.

Me está tirando del brazo.

Es muy malo y muy pesado. Me dice que me levante ya. Que llevo yo no sé cuántos días sentada en esta piedra. Que si no me duelen las posaderas… eso me dice: las posaderas :)

Y yo le digo Venga, Titus B., dime de una vez lo que quieres que escriba en el blog este golpe. Y así y todo no se le quita la cara de enfado hasta que no ve que me levanto. Y echo a andar. Y él con las piernecinas que tiene se queda atrás. Y desde atrás pega voces para que lo oiga, si no que lo escuche. Voy a escribirte, para que deje de gritar, lo que me está relatando. Y vamos a seguir el camino, que ahora somos tres :)

Los viejos tratados alquímicos hablan de una cosa, dice Titus B., qué digo una cosa -me dice-, qué dices una cosa: tratan de un estado: uno que es físico, o que fue físico.

     Uno al que todo alquimista desea volver: el de la perfección adánica.

El que supone el retorno del hombre -ya libre y limpia su figura del pecado original que la emborronó y la alejó de la divinidad- a su estado primitivo de nobleza: porque este, este y no otro es el verdadero sentido de la alquimia, el sentido que impulsa al plomo, o al cobre, o al metal que sea, al que mejor te parezca, a llegar, como el hombre, como el alma, hasta aquel estado tan suyo de oro primigenio.

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