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Me llamo Lola y soy, igual que el protagonista de aquella novela de Rabih Alameddine, contadora de historias...

jueves, 8 de noviembre de 2012

16. El duende triste

Libro Grande
El Libro Grande
La paloma se marchó de mi regazo aquella misma madrugada. No hizo ruido. No le oímos las alas. Solo se fue.

Te había dicho que Titus B. está muy triste, ¿todavía quieres saber qué le pasa? Porque prometí contártelo, no se me olvida. Él no me ha dicho nada, pero ni falta que hace, lo conozco demasiado bien. Camina taciturno a mi lado, sin leer el Libro Grande. Sin escribir nada en él. Camina en silencio. A veces me da miedo. Pienso que se lo puede estar llevando, ese silencio, cual gigante ladrón que carga al hombro un pajarillo. Fíjate que me entran hasta ganas de cogerlo en brazos, y arrullarlo como si fuera un niño chico, pero no lo cojo ni nada, se enfadaría muchísimo.

Al igual que yo, él, en medio de su soberbia pequeñez, también se imaginaba mi maestro. Y ahora ese Libro Grande que tanto le pesa y que carga al andar le ha dicho que no, que él de maestro nada. Que no es nadie en este mundo de plomo que quiere ser oro.

Por eso está triste.

Y más triste que se pone cuando, apenas unos pasos más allá, nos encontramos -clavado en la orilla derecha de la senda- un letrero de madera tallado en forma de flecha que señala hacia alguna parte. Se ve nuevecito, parece recién colocado: “Villa de los Maestros”, dicen las letras.

“Villa de los Maestros” leo en voz alta mientras observo, con el rabillo del ojo, como una manita diestra acude a borrar el rastro que una lágrima está dejando en el fino cristal de las lentes que el duende acaba de colocarse sobre la nariz.

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